Experiencia Personal

Marcela Borean

La  primera vez que recibí una Diksha fue hace unos 4 años en el bellísimo campo Ananda Loka, en Quebrada de Luna, Capilla del Monte. Recuerdo haber quedado durante muchas horas en un estado de alegría increíble, una felicidad comparable sólo a momentos de la niñez, cuando se disfrutan con pureza nuevas experiencias y sensaciones sin comparación, porque todo es nuevo y fresco, como la primera vez que se ve el mar, cuando la vida se te manifiesta sin velos, con todo su poder y belleza.

La segunda vez me cacheteó y me mostró algunos de mis miedos más profundos, toda la basura acumulada debajo de la máscara de mujer superada, y me dejó llorando por días, desnuda ante mi propia vulnerabilidad, ante la fragilidad del ser humano que intenta ocultar su impotencia con prepotencia, porque nunca nos enseñaron que el único camino de liberación auténtica es la rendición incondicional.
  
Me llevó mucho tiempo desandar todos los circuitos, muletas, trucos caros y baratos que fui armando en tantos años de vida y profesión, reconocer la cantidad de mentiras piadosas y el arsenal de justificaciones interminables que coleccionaba para, supuestamente, evitar el dolor. ¡Cómo podía ser que yo, una terapeuta, estuviera tan lejos de la verdad! Me sentía un fraude, por fuera y por dentro.

Pero mi espíritu no se rindió nunca y me llevó a seguir buscando, y cuando creí que ya no había más respuestas que buscar me trajo una nueva bendición y me ofreció poder compartir con otros esta posibilidad de despertar del sueño de la “matrix” y volver a sentir la vida con todo su esplendor, con todo lo que Es. Y no hay felicidad mayor que ver y escuchar a cada persona que recibe una Diksha describir con los ojos brillando cómo su vida va cambiando, cómo la energía se instala y va desplegándose en cada uno mágicamente sin que ellos mismos siquiera lo puedan terminar de comprender.

Y el proceso sigue avanzando, profundizándose e intensificándose cada día. He podido llegar a estados de éxtasis imposibles de explicar con palabras, donde el yo se pierde en la existencia y se encuentra a sí mismo integrado a la trama del Todo, donde ya no existe la dualidad, no hay ser ni no-ser, no hay nada y somos todo a la vez vibrando como una nota dentro de una sinfonía majestuosa.

El único deseo que me queda es que todos puedan llegar a este lugar.

Eternamente agradecida por la Gracia recibida.

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